La terapia.

Mi primer recuerdo es el de una enfermera cortandome el corpiño para ponerme los electrodos en el pecho y poder monitorearme. Un médico me preguntaba cómo me llamaba, yo no sabía que responderle.

Otro, de guardapolvo y acento colombiano, se acercó, me dijo que me había pasado y trato de traerme "tranquilidad", diciéndome que estaba en un sanatorio se Carlos Paz y que me mi familia estaba afuera. Yo seguía sin saber donde estaba, mucho menos como había llegado ahí.

Creo que nadie imagina tener que estar alguna vez en una terapia intensiva, o al menos yo nunca lo imaginé. Lo único que puedo decir, es que es el lugar más tenebroso que me ha tocado conocer en mis 24 años.

La luz tenue, la señora casi muriéndose en la cama de al lado y los chistes sobre la muerte hacían que mi estadía empiece a desesperarme. 1 hora de visita, sin celular, sim caramelos para la ansiedad y lo peor de todo, sin mi mama. Era la primera vez que estaba rodeada de médicos y preguntas, sin mi mama.

El suero me goteaba rápido, dormí casi toda la tarde. La hora de la cena fue quizás la más triste, cuando terminó, las luces de apagaron y el cambio de turno de enfermeras te avisaba que era hora de dormir.

No había forma de poder conciliar el sueño, si miraba para el costado todos eran viejitos esperando la muerte, quizás por eso la enfermera solo me hacía chistes a mi, o me decía "ojala te saquen pronto de acá".

Pregunte la hora, recién eran las 2am. El próximo parte médico y horario de visita, era a las 12am. Faltaban 10 horas, y yo no podía dormir.

Temprano, cuando estaba recuperando el conocimiento un paramédico se me acercó y con cara de preocupación me dijo "¡Flor! ¿Que paso? Te trajeron, nomas" y yo no sabia que responderle. Después recordé que era un enfermero de Vital, el servicio de emergencia que visita mi casa a veces todas las noches, a veces día de por medio. Ahí me detuve y pensé que en eso se había convertido mi vida: en una emergencia constante.

La madrugada seguía, pensaba, cerraba los ojos, el sueño no llegaba, miraba para todos lados y me decía a mi misma "si, estoy en terapia intensiva". Todo nuevo y raro, todo oscuro.

Las luces se prendieron y la enfermera grito "todos a despertarse que los voy a bañar", casi como si fuésemos un rebaño de ovejas. A mi me salteo, porque había entrado ese mismo día.

Extrañaba mi cama, mi mama, mis hermanos y mis perros. Quería mi celular. Quería saber que todo estaba bien. Solo pensaba en no convulsionar en toda la noche, así al otro día podía irme a la sala común.

Me dormí. Desperté con el desayuno, que no tome.

Vino el médico, me miró y me dijo "ya te sacamos de la crisis, te quiero pasar a sala común, acá hay muchos bichos. No somos nosotros quienes te vamos a poder dar una respuesta, esos son los neurólogos que te vienen tratando".

Con respeto y con una mirada casi compasiva, siguieron con los otros pacientes.

Yo me iba a sala común, pero seguía con la misma sensación: ¿que pasa?. Una vez mi neurólogo me dijo que "quizás en 20 años sepa decirte que tenes".

A veces pienso que no fue tan metafórico.


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