Un día.

La ruta es tan larga como los días que vengo transcurriendo y tan intensa como los recuerdos que me despierta viajar.

Ser "el lisiado" te da la ventaja de ir sentada en la parte de adelante, pensando en vaya a saber cuantas cosas al mismo tiempo. Cuando levanto la cabeza para ver como cae el sol, me doy cuenta que los extensores plásticos que sostienen mis dedos de la mano izquierda quedaron en casa.

El olor a cigarrillo de mi hermano me recuerda la cantidad de días que hace que no fumo, y víctima de la ansiedad me desespero por prenderme uno.

La vulnerabilidad de mis días me provoca ganas de llorar. Todo el tiempo, a cada segundo.

Suena La Madre Del Borrego y recuerdo decena de borracheras y anécdotas que tengo para contar de aquellas épocas, esas épocas que quizás no deje de extrañar nunca.

Recién recuerdo que el próximo sábado tengo plenario, con nueva silla y eso me pone a pensar miles de cosas, volver con un motor al lugar que me veía todos los días ir y venir a mil por hora: una contradicción en si misma.

Sigo en la ruta y ahora si me voy a prender un pucho, pensando que (según dice la canción) mañana es mejor.


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