“Menos mal que tenemos el Scrabble”, por Dani Gutierrez Ortega

En una calle de Palermo, en CABA, a las 15 hs, al pasar un portón de hierro, doblar a la izquierda y subir seis escalones, ya se pueden comenzar a escuchar voces, voces de personas amigas, charlas amenas. Si uno se queda parado frente a la puerta de vidrio mirando la habitación desde afuera, verá una mesa ovalada rodeada de sillas y de aproximadamente ocho mujeres y hombres charlando. Pero lo característico de la reunión es lo que se encuentra arriba de la mesa: bolsas con fichas, atriles, tableros y hojas borrador, los instrumentos necesarios para jugar al scrabble.

Las charlas entre amigos son siempre importantes y necesarias, pero cuando éstas acaban, las únicas palabras que comienzan a predominar son las que se colocan sobre el tablero, y lo único que se oye son fichas bailando dentro de las bolsas y murmullos de personas contando los puntajes logrados.

Cada jugador saca siete letras de la bolsa, con las cuales tratará de formar palabras y las colocará encima del tablero, fijándose cuál es la mejor ubicación, la que haga más puntos. Las fichas se van reponiendo a medida que el juego va avanzando y el objetivo principal es hacer scrabble: formar palabras con las siete letras. Cuando se terminan las fichas, el juego concluye.

En la Asociación Argentina de Scrabble, dos sábados por mes se realizan los torneos, donde aproximadamente sesenta jugadores de todas las edades se ponen a prueba y compiten por el primer lugar en cada categoría (A, B y C). Además, los lunes y los miércoles se realizan las prácticas. Algunos aficionados y amantes del juego se reúnen a practicar, y también a charlar y a pasar un buen rato con los que comparten su misma pasión. Susana W, una señora muy coqueta y simpática de ochenta y cuatro años, es la profesora. Ella comenzó a jugar a este juego aproximadamente a los diecisiete años, en la playa. “Había mucha gente que jugaba al scrabble, y cuando me veían a mí, que yo llevaba el tablero, todos se acercaban enseguida”, me cuenta Susana con orgullo en sus ojos. “Yo le enseñé a toda mi familia. El scrabble es una gran parte de mi vida.”

Cerca de las cuatro de la tarde se sirve el café con galletitas dulces o saladas que trajeron los miembros del grupo, y cada vez que terminan de jugar un partido se vuelven a escuchar charlas y algunos “shh” de los que continúan jugando, seguidos de un “uy, perdón”.

Si uno le pide a cada miembro del grupo que describa con una palabra al scrabble todos coincidirían en una cosa: que es un vicio. Susana F, una mujer de sesenta y cinco años, tan amable y dulce como directa, es la mano derecha de Susana W, y también enseña los días de semana. Cuando le pregunté por qué seguía yendo ella me dijo: “Los días de semana voy por la docencia, y los días de torneo porque tengo ganas de no perder el lugar de pertenencia y, además... ¡Es un vicio! Es muy difícil prescindir de esto. De jugar al scrabble”. Ella comenzó a jugar aproximadamente a los ocho años, me comentó que, al ser discapacitada motriz, este juego, al no requerir movilidad física le venía muy bien. También recordaba jugar al scrabble al borde de un río en Córdoba, con su mamá. Para la mayoría, este juego les recuerda a la familia, allí es donde todo comenzó.

Además de las razones propias de cada uno, casi todos eligen este juego por el desafío que conlleva aprender palabras nuevas, verlas durante el juego y seleccionar la mejor jugada. Miriam, de ochenta y cuatro años y la más charlatana del grupo, también comenzó a jugar en la playa. Cuando le pregunté qué era el scrabble para ella me contestó que es un juego de entretenimiento y de aprendizaje, porque se incorporan nuevas palabras. “Es la curiosidad de aprender palabras que nunca usás, qué significados tienen. Si no fuera por el scrabble no las conocería.”

Durante las prácticas, mientras están jugando, a veces levantan las cabezas y les preguntan a las Susanas si existe tal o cual palabra. “Aproxis”, “Noxa”, “Denguear”, “Crizneja”, “Acerro”, “Gocho”. Cada jugador tiene al lado suyo el celular, donde consultan la existencia de palabras y buscan sus significados, y sus listas, donde anotan lo aprendido.

Miriam con sus listas de palabras

Esta práctica no solo sucede en la Asociación, ya que el juego se traslada a sus vidas cotidianas. Mientras leen un libro o ver una película, si ven una palabra que no conocen, la buscan y la anotan. Además, mientras van andando por la calle les surge anagramar palabras que ven en los carteles (encontrar en una palabra más palabras posibles). “Sí, hay veces que estando en la calle uno ve algunas palabras e intenta, por esta vil costumbre, anagramar y bueno, sin darse cuenta uno lo viene haciendo” me cuenta Susana F entre risas. “Muchas veces me encuentro con que estoy andando y de repente pensando en alguna palabra que me está dando vueltas. Y yo no me lo propuse. Pero viene a la mente.”

Marta Regueiro, de setenta y cuatro años, comenzó a jugar por su pasión a las palabras cruzadas. Es una señora distraída y muy risueña. Va al scrabble siempre que puede, trata de no faltar nunca. “En primer lugar, me gusta el juego en sí.

Porque me agiliza mucho la mente y pone a prueba mis neuronas. Después, el ambiente que se crea en las prácticas es muy agradable, muy comunicativo, muy tranquilo. Para mí el scrabble es una válvula de escape, directamente. O sea que voy a todo lo que pueda. Ahora no tanto, por problemitas de salud, pero he ido a todos los torneos que se hacían: en Rosario, en Miramar, en Montevideo. Me gusta.

A veces con las amigas nos decimos, menos mal que tenemos el scrabble. Es algo que está ahí, que te entretiene… incluso la obligación de venir se mantiene en algo positivo.

Susana W, campeona Nacional en el 2004, comenzó a enseñar en la asociación el mismo año en el que entró, en 1997. A las dos Susanas les une la pasión por la enseñanza tanto como la pasión por el juego. “Me gusta tratar bien a la gente, eso también es una forma de enseñar, tener paciencia” me comentó Susana W. “Yo voy en taxi porque no puedo caminar, yo ando con bastón. Me operé la rodilla y me pusieron una prótesis. No es un límite porque sigo yendo. Los días de semana charlamos, la pasamos re bien, porque la parte social está muy linda. A mí me encanta el grupo”. Todas opinaron lo mismo, “Con el scrabble, aprendés, te distraés y estás con gente. Y tenés una salida para hacer”, afirmó Miriam.

Los trofeos que Susana W

Luego de jugar cuatro partidos cada uno, cuando se hacen las 19 hs, se van despidiendo y de a uno se levantan y se van a sus casas. Marta, Susana W y Miriam cruzan la vereda y se van juntas en taxi. Susana F se va hacia la derecha y en la esquina entra en la bicisenda, con las luces rojas de su silla de ruedas titilando. Los demás jugadores se van caminando cada uno por su lado. Todos se despidieron con un “hasta la próxima”, porque saben que se van a volver a ver, saben que, mientras puedan, van a seguir jugando y seguir encontrándose en ese lugar que es suyo.

“Hasta mi último día voy a jugar al scrabble” me confirmó Susana W, “no sé si dando clase pero... yo no creo que lo pueda dejar, no siento que lo pueda dejar. Siento que sí lo dejo voy a retroceder un montón”. Ese día no jugué al scrabble, pero si soy honesta, me dieron ganas.


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