El arte en el abrazo

El domingo 13 de agosto, a las 17 horas y 30 minutos, yo estaba bailando tango por primera vez en mi vida.

Todo empezó veinte minutos antes, cuando entré a “Tacuarí Tango”, donde se lleva a cabo la milonga por la integración “El Abrazo Verdadero”. Lo primero que hice fue saludar a Andrea Etchepare, la fundadora de la milonga, una mujer muy simpática y dulce, que es bailarina y psicóloga y que vio la manera de unir estas dos pasiones: “Mi actividad como terapeuta se venía desarrollando en instituciones y mi trabajo era con personas con psicosis, con autismo y con debilidad mental, además, yo ya había empezado con el tema del tango. Un poco de manera “new age” empecé a probar a ver qué pasaba si utilizaba el tango con las personas con psicosis. Yo tenía la sospecha de que era un recurso interesante a la hora de trabajar con la interacción. Para mí el tango, para algunas cosas, era un mediador. Era poner un simbólico entre las dos personas para poder relacionarnos.” Andrea me presentó a María Teresa Gil Ogliastri, creadora de Neurotango, que junto a ella y a Liliana Furió organizan la milonga. Luego me senté en una mesa y comencé a anotar en mi libreta celeste lo que veía a mi alrededor: luces de todos colores, mesas alrededor de una pista, un bar a mi derecha, un espejo más adelante, una cortina larga al fondo y mucha gente. Me sorprendió la calidez del lugar. Una suerte de amistad antigua, de conexión infinita.

Estaba compenetrada escribiendo cuando una mujer rubia, muy insistente y persuasiva, me dijo de unirme al taller. En la milonga “El Abrazo Verdadero” cada domingo da el taller de tango un profesor diferente. En este caso, la profesora era Susana Gonzalez Gonz, una pionera en la danza integradora.

“Doy talleres en la Universidad Nacional de las Artes, yo creé un proyecto que se llama “Todos Podemos Bailar” (www.danzaintegradora.com.ar) y el Grupo Alma: una compañía que cumple veinte años en Octubre. Empecé después de que mi hijo mayor, a los 14 años, quedó en una silla de ruedas luego de un accidente deportivo. Yo soy profesora de danza y de expresión corporal.”

Empezamos andando por el salón y saludábamos a toda persona que encontráramos. Me resultó interesante cómo cada saludo que daba era diferente, único. Después nos desplazamos por todo el lugar y cerramos los ojos. Debíamos acariciarnos a nosotros mismos y mover los brazos y la cabeza, para sentir el espacio alrededor nuestro. En un momento Susana me sorprendió espiando y no pude evitar reírme de mi propia ansiedad. En la vorágine de sucesos, relaciones y lugares en la que vivimos, lleva un tiempo acostumbrarse a ese limbo temporal donde uno tiene tiempo para uno y para sentir el viento en la cara que provoca el movimiento de brazos de los que nos rodean.

Cuando pasó ese momento del taller, llegó el momento de bailar. Al principio hice un ejercicio con María Teresa, que terminó en un gran abrazo, y luego bailé con Adriana Reinoso, compañera de Teresa en Neurotango. Al ver que yo nunca había bailado, me guió todo el tiempo. Yo estaba atenta de no chocarme con nadie, y de vez en cuando miraba la pista. Atrás mío había dos mujeres bailando muy concentradas y a mi izquierda había un hombre bailando con una chica, se notaba la conexión entre ellos y con la música, él encorvado y ella mirando hacia arriba, sus ojos conectados, sus pechos juntos y abrazados, y, en un momento, el se subió a las piernas de la muchacha y rodaron juntos por la pista. Cuando hablé más tarde con Adriana, me comentó: “Las posibilidades son variadas, pero todos podemos bailar, todos podemos disfrutar de expresarnos libremente, una silla no es un límite, la silla son las piernas de aquel que hoy no puede caminar, la silla es el vínculo que va a acarrear un montón de experiencias para él y los que lo rodean diferentes. Pero no por eso, no valiosas. El término discapacidad lo tenemos que sortear todos. Porque hay discapacidades expuestas, como una silla de ruedas, pero hay discapacidades no expuestas, que son: la timidez, el malhumor, enfermedades que tienen que ver con la autoestima, y que no tenés un rótulo. Pero las tenés que sortear. Y, verdaderamente, la discapacidad es otra manera de ver la posibilidad”.

A medida que cambiaba de pareja, me pareció interesante cómo cada compañero y compañera de baile lo hacía de una manera diferente, con su propia impronta. Al no saber bailar tango, me guiaban, y yo me dejaba llevar, tratando de vivir el momento como esa persona me lo hacía vivir. Comprender el baile como esa persona me lo explicaba. Le pregunté a Andrea por qué había sentido que el tango era un mediador. “Hay otras cosas que son mediadoras. Pero el tango tiene el abrazo. La contención que brinda el abrazo; la música, el ritmo, caminar al ritmo del corazón, casi te diría. Ese abrazo, con la música de por medio, hace que dos personas desconocidas se puedan vincular. Quizás no cruzan muchas palabras, pero introduce algo de lo simbólico y de la cultura. El abrazo sostiene, sostiene al otro. Y me parece que eso le da al trabajo que nosotras hacemos, puntualmente, un condimento muy particular. Permanentemente tenés que estar coordinando con el otro. Es eso lo que se produce, porque vos no sabés lo que va a pasar, no tenés que anticipar, tenés que estar ahí, a la espera de, que el otro te diga a dónde vas, donde pisaste antes… se desarmó. Es una danza de pareja. Es un baile social por excelencia, entonces todo el tiempo se están generando vínculos y se está trabajando con lo que tiene que ver con la interacción. Por eso hay tanta gente que va a bailar tango. Es un lugar donde la gente va a conocer gente. Donde la gente deja de sentirse sola”. Luego de bailar con tres personas, decidí sentarme, anotar lo que había vivido y seguir observando lo que sucedía en la pista. Había sonrisas, baile y todos en la pista estaban conectados.

A las 18 horas y 20 minutos comenzó la milonga. Algunos invitaban a bailar a otros y las parejas se sumaban a la pista de baile. Los que estaban en las mesas charlaban y reían. Andrea supervisaba que todo saliera bien junto a Teresa, y Augusto Balizano, amigo de Andrea hace muchos años y organizador de La Marshall, hacía su trabajo de DJ, como todos los segundos domingos de cada mes.

Más tarde, Andrea dijo unas palabras por el micrófono. Se notaba que estaba emocionada. Como cuando me contó el origen del Abrazo, ya que se podía notar la felicidad en su voz y en su relato: “Hace dieciséis años que estoy en un Centro de Día que trabaja con personas con discapacidad intelectual, como terapeuta y como coordinadora técnica. Dentro de ese espacio yo coordino un taller de tango, con la posibilidad de llevar a cabo diferentes presentaciones. Cuando empecé a pensar en hacer una milonga, ellos me dijeron “¿Por qué no cerramos con una milonga el año?”. Nos dieron el lugar gratis y organicé la milonga e hice toda la parte de relaciones públicas. La idea fue siempre que sea inclusiva. Ese es el corazón de El Abrazo Verdadero, que ya desde ese momento se llamó así. ¿Por qué Verdadero? Porque era poner el cuerpo, era realmente comprometerse con el otro, con esta particularidad de que era una persona con discapacidad. Que es algo que no circula habitualmente por las milongas, y menos en los años en los que yo lo había pensado. Se hizo y fueron unas 250 personas, fue un éxito importante.”

Agradeció a los que estábamos, mencionó a sus amigos, a los que colaboraban siempre, y presentó al Grupo Alma, que bailó esa noche. Bailaron cuatro canciones, cuatro bailarines. Dos mujeres y dos hombres. Se movían por toda la pista y sentían cada compás y cada movimiento. Al finalizar, Susana Gonzalez Gonz dijo unas palabras y comentó que estaban buscando competir con grupos de baile de personas “convencionales” porque, al fin y al cabo, el arte es diversidad.

Bailarines del Grupo Alma

A las 20:00 la milonga finalizó. Susana, cuando le pregunté si estábamos en una sociedad inclusiva, me contestó que no, pero que está intentando serlo. “La discapacidad es otra manera de existir, otra manera de estar en el mundo. Por tener una sociedad que no es inclusiva, la sociedad es discapacitante”. Andrea, por su parte, me contestó: “A mí me ha pasado, buscando lugar para El Abrazo, hablar con gente que tenía espacios que me los daba amorosamente pero que no tenían ascensor, y hoy en día vos no podés tener un espacio de ocio y recreación si no es accesible a personas con discapacidad. Entonces, yo creo que hay gente con muy buena voluntad, hay mucha gente que aporta su granito de arena, pero no alcanza solo con eso. Tienen que estar los recursos, tienen que estar las posibilidades para que suceda”. Y agregó: “Yo prefiero no hablar de discapacidad, sino de capacidades. Si hablamos de discapacidad nos ponemos del lado de la enfermedad, del lado de la limitación, de lo que no se puede y yo prefiero ubicarme del otro lado. Pienso que la gente tiene capacidad, del lado del poder hacer, de poder mejorar, de pensar cómo ayudar a alguien, así como me ayudan a mí, que tengo mis dos brazos, mis dos piernas, mis dos ojos, pero tengo otras cosas que me pasan, que son menos visibles, menos obvias, que quizás las puedo disimular un poco más, pero para las que necesito apoyo.”

Sin lugar a dudas, creo que no hay mejor nombre para esta milonga, tanto su origen: un abrazo entre dos pasiones; como por la sensación de comunidad, la sensación de estar todos abrazados por una actividad en común: el tango.

¡Y qué lindo que se siente!

El 2 de Septiembre se va a dar un evento extra del Abrazo en el bar La Flor De Barracas, por el día de Barracas. ¡No se lo pierdan!


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